Glifosato sin control: el millonario negocio del químico antidrogas

15/09/2021
Durante diez años, Talanú Chemical, el mayor proveedor de glifosato antidrogas en Colombia, omitió información sobre los efectos de su herbicida ante la autoridad ambiental. Esto no impidió que siguiera contratando, bajo requisitos aparentemente laxos, con la Policía Antinarcóticos, que ha estado en el centro de las quejas de campesinos por “fumigación indiscriminada”.

Por: Andrea Rincón C. y Andrés Pacheco-Girón de Cuestión Pública en alianza con Baudó AP, Mutante y La Liga Contra el Silencio.

En 2011 comenzó el proceso que permitiría a actores privados vender glifosato al Estado para su uso contra cultivos ilícitos. Aunque la aspersión aérea fue suspendida en 2015 por el Consejo Nacional de Estupefacientes, el herbicida siguió figurando en la estrategia antidrogas mediante la fumigación terrestre, auspiciada por un millonario presupuesto estatal. La beneficiada ha sido Talanú Chemical Ltda., pues el negocio, a través de uniones temporales, estuvo en sus manos de 2011 a 2019, cuando concentró las contrataciones en los gobiernos de Juan Manuel Santos e Iván Duque. Por parte del Estado y la empresa surgieron presuntas irregularidades.

Infografía el glifosato en el tiempo con logo.

A última hora y a medias

El negocio de los agroquímicos en Colombia es grande, pero cuando se trata de proveer glifosato al Plan de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito, se reduce a un puñado de competidores. Dos fuentes que conocen ese mercado y que pidieron no ser identificados por seguridad, explicaron que esto se debe a que el negocio es impopular y representa un riesgo de reputación. Además implica inseguridad al momento de proveer el químico en zonas remotas y peligrosas. Sin embargo, según una fuente, a mayor riesgo, mayor ganancia. Esto se evidencia también en los pocos proponentes que hubo en las licitaciones de 2018, en la que hubo tres, 2019 (solo se presentó la unión temporal de Talanú) y en la primera de 2020, donde hubo dos proponentes: Talanú y Del Monte, el actual contratista.

El más antiguo de los proveedores, Talanú, es en realidad una empresa relativamente joven. Se constituyó en 2005 en Espinal, Tolima, y en 2007 registró su glifosato Cuspide 480 SL para cultivos de arroz. Para vender un herbicida como este en el país, una empresa debe registrarlo ante el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) y el Instituto Nacional de Salud (INS). Los dos últimos analizan la información del producto en materia ambiental y toxicológica, y si dan luz verde, obtienen el registro.

El 19 de octubre de 2020, después de haber sido el mayor proveedor de glifosato de la Policía Antinarcóticos, la ANLA ordenó iniciar un proceso sancionatorio contra Talanú por la presunta comisión de una infracción ambiental. De acuerdo con la autoridad ambiental, hasta esa fecha la empresa no le había enviado los informes de cumplimiento ambiental de su glifosato para los años 2009, 2010, 2014, 2015, 2017, 2018 y 2019. Tampoco presentó el Plan de Riesgo Ambiental, ni el plan de contingencia de 2016.

“La razón por la que las empresas están obligadas a entregar estos informes a la ANLA anualmente es porque buscan prevenir, mitigar y compensar, en dado caso, una afectación de tipo ambiental”, señaló un exfuncionario que prefirió mantener su nombre bajo reserva.

Exfuncionario.

Tras la notificación del inicio del proceso sancionatorio, Talanú decidió ponerse al día y entregó, entre septiembre y noviembre de 2020, los informes de cumplimiento ambiental que debía de 2010 a 2019, como publicó el medio CLASH. Esto según un documento de la ANLA de mayo de 2021. En tres meses reportó todo. Esto quiere decir que en los casi diez años que Talanú suministró el glifosato a Antinarcóticos, hubo muy poca información disponible sobre si cumplió o no sus compromisos en materia ambiental, pero a la ANLA solo pareció preocuparle hasta fines de 2020.

Tabla incumplimientos Talanu

Además de presentar los informes de forma tardía, los entregaron incompletos, según la ANLA. Para el periodo 2012-2019 la empresa no envió soportes de capacitación y monitoreo realizados a quienes manejaron su glifosato. Estos incluyen medidas de protección personal y cómo hacer un uso adecuado del herbicida. “Como comercializador debo garantizar que estoy dando capacitaciones al consumidor final. Normalmente para las empresas son los campesinos y distribuidores, pero en este caso para Talanú era también la Policía y sus aplicadores, porque son los usuarios finales”, dijo un exfuncionario que conoció el caso y pidió reserva por seguridad.

Ahí no acaba todo. Talanú tampoco le entregó a la autoridad ambiental “los soportes de las medidas preventivas para la protección de aves y especies acuáticas”, ni la información para hacerle seguimiento a esas medidas entre 2012 y 2019. Aun así, la ANLA no ha emitido sanción o multa contra Talanú.

Isabel Pereira, coordinadora de la línea de Política de Drogas de Dejusticia, señaló que “a un privado es mucho más difícil adjudicarle responsabilidad sobre daños en un programa de política pública”. Pereira considera que la ANLA tiene una amplia responsabilidad. “Por todos esos años se desentendió de su labor como autoridad ambiental”, dijo.

Pese a los incumplimientos de Talanú, sus arcas no han dejado de crecer. Pasaron de reportar unos activos totales por $1.224.682.000 en 2011, a $20.513.656.245 en 2020, un año después de que firmó su último contrato con el Estado.  Talanú obtuvo sus picos de ingresos operacionales más altos cuando contrató con el Estado para proveer el glifosato. 

Silenciados por la aspersión

Entre 2010 y 2019, cuando la ANLA no recibió a tiempo la información ambiental de Talanú, la Defensoría del Pueblo registró, entre 2010 y 2020, 32 quejas de campesinos relacionadas con posibles afectaciones a su salud y a sus cultivos lícitos tras las aspersiones con glifosato. Estas provinieron de Tumaco, en Nariño; Cauca, Putumayo y Antioquia. En 2011, Talanú celebró su primer contrato con la Policía Antinarcóticos y fue el único contratista hasta 2019, según reveló en diciembre de 2020 CLASH. En algunos casos, campesinos declararon haber sido víctimas de la fuerza pública durante labores de erradicación. 

“Afirma (…) la Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria, Fensuagro, que en el municipio de Miranda, Cauca (…) el Ejército y la Fuerza Aérea realizan fumigaciones indiscriminadas esparciendo glifosato en las regiones agropecuarias, afectando gravemente la salud de los seres humanos, animales domésticos y la biodiversidad”. Esta queja fue recibida por la Defensoría el 24 de febrero de 2011. 

Pereira señaló que la falta de información clave en materia ambiental omitida por Talanú en los últimos diez años también tiene implicaciones en este tipo de reclamaciones. “Sin las fichas correspondientes, se pierde por completo la memoria de cinco años de PECIG (Programa de Aspersión de Cultivos Ilícitos mediante Aspersión Aérea) y cinco años de PECAT (Programa de Aspersión de Cultivos Ilícitos mediante Aspersión Terrestre). No hay manera de contrastar la información si la empresa proveedora del herbicida no diligenció las fichas en su momento”, explicó. 

Ante la falta de acceso a la información en las regiones apartadas, la intimidación de actores armados y la dificultad para quejarse, el subregistro de denuncias es alto. Pereira, de Dejusticia, dice que la falta de información “es un problema estructural en el programa de aspersión con glifosato, que fue un programa que no tuvo ningún tipo de gestión de riesgo ni para la salud, ni para el medio ambiente, ni para los manipuladores. Mandaron a la Policía y al Ejército a asperjar coca sin regulación”.

La Policía tampoco se escapa de su responsabilidad. “La Policía Antinarcóticos fumigó con glifosato cultivos de coca en Huisito, el Tambo, Cauca. Varias personas resultaron afectadas por este hecho, lo mismo que sus cultivos de pancoger”, registró la Defensoría del Pueblo el 1 de marzo de 2012.

El procedimiento de atención de quejas que funcionaba cuando estaba activa la aspersión aérea dictaba que estas reclamaciones debían ser recibidas por la Defensoría y las alcaldías para luego ser remitidas a la Policía Antinarcóticos, que las debía tramitar e investigar junto con los ministerios de Ambiente, de Agricultura, de Justicia y del Interior. Para el actual programa de aspersión terrestre, funciona de la misma manera, según la resolución 9 de 2016 emitida por el Consejo Nacional de Estupefacientes. En ambos programas, la resolución de las quejas le corresponde a un comité interinstitucional integrado por varios ministerios, el ICA, el INS y la Policía Antinarcóticos. Es decir, la Policía o quienes delegue, fumigan, pero la misma entidad también investiga las quejas sobre fumigación.

La Policía se comporta como juez y parte frente a estas acusaciones. Una de las exigencias de la Corte Constitucional es que haya mecanismos externos que puedan evaluar cuando se estén cometiendo errores o cuando haya riesgo”, señaló Pereira.

¿Flexibilidad en la contratación?

Mientras Talanú participaba en la contratación de glifosato, entre 2011 y 2019, los requisitos técnicos de Antinarcóticos fueron más flexibles, comparados con los dos últimos contratos de 2020, cuando entró un nuevo competidor. 

En las dos licitaciones más recientes, la lista de especificaciones técnicas contenía más del doble de ítems, incluyendo el registro ante la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos para el glifosato, que solo se pidió en el contrato de 2013. Ese año, Talanú cumplió con el requisito gracias a que su proveedor de glifosato Gilmore Marketing & Development Inc. – China estaba registrado en Tennessee, como reveló el medio CLASH, y contaba con registro ante la EPA

En 2013 Talanú importó al menos en siete ocasiones glifosato de Gilmore, según registros de importaciones del ICA. Para dos de esas ocasiones, la importación fue negada porque “la composición de los aditivos descritos en la licencia de importación no corresponden a lo aprobado por el ICA”. Ese mismo año también importó en tres ocasiones glifosato de Trustchem.

En 2014, según registros del ICA, Talanú ya no compró su glifosato a Gilmore, sino que lo importó de la empresa china Trustchem Co. Cuestión Pública consultó con la EPA si Trustchem tenía registrado algún glifosato en Estados Unidos. La agencia contestó que, si bien la empresa china sí estaba registrada en su base de datos, “no pudo localizar ningún producto registrado por TrustChem Co. Ltd. para el cual el glifosato es el ingrediente activo”. Curiosamente, en las licitaciones en las que ya Gilmore no era el proveedor de Talanú, sino la china Trustchem –2018 I, 2018 II y 2019– la Policía no exigió en los requisitos técnicos el registro EPA. Además de no pedir el registro de la EPA, ese 2019 la Unión Temporal conformada por Talanú Chemical Ltda. y Tarcisio Bossuet Tamayo Tamayo fue el único proponente en esa licitación, según contó la periodista María Jimena Duzán en una columna publicada en Semana en julio de ese mismo año. Por más reducido que sea el mercado de los herbicidas para la lucha contra los cultivos ilícitos, llama la atención que solo se haya presentado un proponente, pese a que en el país existen al menos 45 empresas que trabajan con glifosato, según cifras de 2019 de La República.

En respuesta a un derecho de petición, Antinarcóticos explicó a Cuestión Pública que en 2013 se exigió el registro EPA como requerimiento de la embajada de Estados Unidos, pues el agroquímico se iba a usar en avionetas de ese país. Después, la entidad señaló que para 2020 se volvió a exigir el registro para “garantizar mejores estándares ambientales de calidad y procedencia del producto y (…) para brindar confianza a la comunidad nacional y a las agencias de cooperación internacional”. Sin embargo, ante las insistencias de Cuestión Pública, Antinarcóticos no respondió por qué si el registro EPA brinda más “garantías”, no fue incluido en las licitaciones de 2018 y 2019.

Este no es un dato menor ante el millonario negocio que ha sostenido la aspersión aérea y terrestre en Colombia. Las siete licitaciones que se abrieron entre 2011 y 2020 para adquirir este herbicida suman en total $32.493 millones es decir, un promedio de $4.641 millones por contratación. La Policía Antinarcóticos nos respondió en Derecho de Petición que para 2012, 2015 y 2016 no abrió licitación para la compra de glifosato, ya que contaba con reservas suficientes para las operaciones.

El acuerdo invisible 

La cadena de presuntas irregularidades por parte de la Policía va más allá de la adquisición del herbicida. Cuestión Pública viajó hasta el Valle del Guamuez, un municipio petrolero en el suroeste de Putumayo (a 14 horas por carretera de la capital Mocoa), donde grupos armados ilegales (integrados por disidencias de Las FARC como el Frente Carolina Ramírez y los llamados Nuevos Comandos de la Frontera más remanentes de facciones paramilitares) luchan por el control de los cultivos de coca y el tráfico de cocaína. Según el Observatorio de Drogas del Gobierno, el Valle del Guamuez registró 3.353 hectáreas de coca cultivadas para 2020.

En entrevistas con algunos campesinos y una lideresa social amenazada, cuyos nombres se reservan por las intimidaciones que han sufrido, los testimonios detallaron un presunto acuerdo tácito entre erradicadores de la fuerza pública y campesinos, mediado por las autoridades locales, para evitar que a estos últimos se les erradique toda la coca que tienen cultivada. 

Foto 1_Crédito Gerald Bermúdez
La actividad petrolera en la zona del Valle del Guamuez (Putumayo) ha sido constante desde mediados del siglo XX. En el pasado las acciones de los grupos  armados sobre la infraestructura petrolera en la zona causaron estragos ambientales y sociales. Por el momento no hay amenazas de los nuevos grupos ilegales contra el transporte de crudo.
Crédito foto: Gerald Bermúdez.

“A los que tenían dos hectáreas les erradicaban el 20 %. Al que tenía una hectárea, nada. Un alcalde nos dijo en una junta que a ellos (Antinarcóticos) no les interesaba acabar con la coca porque no se va a acabar. Lo que a la Policía le importa es tomar las fotografías (de erradicación), hacer los registros para poder mostrarlos y luego los campesinos pueden seguir cultivando”, explicó la lideresa social. Según ella, otros acuerdos como este se dan en varios municipios. 

Pedro*, uno de los campesinos cocaleros, se suscribió al programa de sustitución de cultivos en el marco del Acuerdo de Paz, quemó sus hectáreas de coca y nunca recibió el dinero prometido por los firmantes para emprender nuevas actividades. Se vio obligado a cultivar de nuevo para su sustento. Aseguró que en enero de 2020 un grupo de 20 erradicadores “desembarcaron en helicóptero” sobre uno de sus lotes.Pedro dijo que tuvo que negociar con el capitán de ese grupo para que no le acabaran todo el cultivo, que es una de sus pocas fuentes de ingreso en una vereda sin vías ni ley. Al final solo le “mataron una tercera parte” del lote. Señaló que el hombre al mando le dijo que estaba de acuerdo, que lo importante era tomar las métricas para dejar el registro de que le habían erradicado todo aunque no fue así.

Foto 2_Crédito Gerald Bermúdez
Los cultivos de coca en el Putumayo han sido una de las principales actividades económicas que ha transformado las condiciones de vida de los campesinos. Sin embargo, hoy en día la economía cocalera no es tan rentable como lo fue en la década de los 90 o comienzos del siglo XXI.
Crédito foto: Gerald Bermúdez.

Un policía, a quien se le reserva el nombre por seguridad, integró un grupo de erradicadores en Putumayo y Nariño entre 2018 y 2019, y dijo que estas negociaciones se hacen por razones que ni siquiera contempla la política antidrogas. Muchas veces, explicó, los erradicadores no podían ingresar a algunos cultivos por la presencia de grupos armados, o porque el terreno estaba minado, y solo quedaba presentarlo como si estuviera erradicado para cumplir con las cifras. Otras veces porque representaba el único sustento de una familia campesina.

En cualquier caso, de manera terrestre o aérea, la mata de coca no se moría, contó Pedro. “Pero sí otros cultivos como el plátano o el café, porque las avionetas no discriminaban. A veces le caía glifosato a uno cuando estaba en el cultivo y los aviones no daban tiempo para salir de ahí.  En esos casos me daba un sarpullido que se me quitaba con el tiempo”, dijo.

La lideresa aseguró que incluso en el Valle del Guamuez, la fumigación no era por la coca, sino para desocupar el territorio para hacer proyectos nacionales que “ellos (el Gobierno) querían acá como la extracción de petróleo”.

Ante el posible retorno de la fumigación aérea con glifosato y lo ya sufrido por comunidades como la del Valle del Guamuez, los incumplimientos de la proveedora Talanú en materia ambiental y la permisividad de las entidades estatales cobran relevancia. Quizás sea imposible determinar los impactos al ambiente o la salud pública por la falta de información en la última década. Pese a ello, el millonario negocio seguirá vigente. 

Al cierre de esta investigación, ni Talanú Chemical Ltda., ni Trustchem Co., ni Gilmore Marketing & Development Inc. contestaron preguntas. Si se llegan a recibir sus respuestas, serán adjuntadas.

*Campesino al que le cambiamos el nombre para preservar su seguridad.

El Radar verde claro

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