Los cocaleros de Putumayo resisten la violencia y el abandono estatal

15/09/2021
Este fotoensayo reúne las historias de tres campesinos​​ del sur del departament​o y muestra cómo es su relación con los cultivos de coca y su vida en medio de la presencia de grupos armados y un Estado que incumple y erradica la mata sin ofrecer alternativas.
Portada cocaleros Putumayo_crédito Gerald Bermúdez

Por: Andrea Rincón y Gerald Bermúdez para Cuestión Pública, en alianza con Baudó Agencia Pública, Mutante y La Liga Contra el Silencio. 

Pedro, Mireya y Rosa* son campesinos y han hecho sus vidas en el Valle del Guamuez, un municipio de Putumayo donde la pobreza y la violencia conviven con la coca que llena sus campos. La región también es una zona petrolera, pero esa riqueza no se ve en el territorio. Cuestión Pública retrató la supervivencia en una tierra donde el Estado sólo aparece durante las operaciones de lucha contra las drogas.

Foto Pedro taller_Crédito Gerald Bermúdez

Pedro* nació en San Lorenzo, Nariño, en un hogar campesino. A los 17 años, en 1985, dejó su casa para trabajar con la coca, cuando Colombia probaba la fumigación aérea de marihuana en la Sierra Nevada de Santa Marta. Pedro recuerda que en esa época la coca copaba los campos de Putumayo. Comenzó como “raspachín”, como se conoce a quienes recolectan la hoja que luego se utiliza para fabricar la pasta base de cocaína. A los 51 años, Pedro ya no raspa. Ahora siembra coca, café y pimienta. Su rutina comienza antes de las seis de la mañana, cuando se levanta a cortar leña. Su esposa le prepara una aguapanela antes de irse a trabajar en el cultivo que representa su principal ingreso.

Pedro y fumigación_Crédito Gerald Bermúdez

Pedro se inscribió en 2018 en el Programa Integral de Sustitución de Cultivos (PNIS) y destruyó los cultivos de coca que tenía para recibir los beneficios que ofreció el Gobierno, pero pasó el tiempo y no llegó lo prometido. “Eso fue un fracaso. Pasaron más de dos años y no se ha visto nada. Yo confié. Quemé todos mis cultivos y me quedé sin nada. ¿De qué íbamos a vivir?. En la pandemia nos revelamos y empezamos a sembrar matica de nuevo”, contó Pedro. En 2020 volvió a cultivar coca y desde entonces retomó el cuidado de las plantas. 

Una húmeda mañana de julio de 2021, Pedro bajó desde su casa, trocha abajo, y para alejar a las plagas preparó la mezcla con la cual fumiga la media hectárea de coca que cultiva en su finca.

Pedro fumigando las matas _Crédito Gerald Bermúdez.

Los primeros rayos de sol evaporaban la lluvia de la noche anterior y espesaban el aire. Pedro, concentrado, fumigaba el cultivo. Eran las ocho de la mañana. Con movimientos circulares y mucha paciencia, Pedro roció las matas que medían en promedio un metro de altura. La coca de otro lote que tenía fue arrancada por 20 erradicadores que aterrizaron al norte de su finca desde un helicóptero en enero de 2020. Resignado, Pedro dice que no tuvo más opción y volvió a sembrar. “Nosotros no sembramos para enriquecernos, solo para sobrevivir. A mí esto me da 800.000 pesos cada tres meses. Por eso estamos endeudados con el banco”. 

Cultivos de coca en Putumayo_Crédito Gerald Bermúdez

Los cultivos de coca para campesinos como Pedro son su sustento. Cada vez que calcula el dinero que necesita para la gasolina de la moto o el mercado, sabe que pasa apuros. Las ganancias varían según las condiciones. “Usted primero tiene que tener en cuenta si la tierra es propia o no, porque si es arrendada es un costo más. También depende del tipo de mata. Hay unas que dan cosecha más rápido y en mayor cantidad que otras, y luego está el rinde o lo que se saca de producto de cada arroba de hoja raspada. Una buena combinación es tener matas que den hoja desde la base y que por cada arroba dejen más de 25 gramos de producto. Eso es lo que uno espera, pero no siempre es así. Sin embargo, es la única manera de sobrevivir. Piense en el café. Hay que meterle mucha plata al cultivo para que bote buen grano y hay que pagar transporte que es bien caro, y sin saber a cómo lo compren. En cambio con esto usted sabe que cada tres meses llegan a comprarle el producto y hay unos precios que no cambian mucho porque los dicen los que controlan el territorio”. 

Cocina casa Pedro Putumayo_Crédito Gerald Bermúdez

Pedro vive junto a su familia en una vivienda de madera que él mismo construyó. Al lado de la casa principal levantó la cocina (foto). A diferencia de muchos de sus vecinos, ahora tiene un amplio terreno para cultivar; pero su vida no es mejor. El abandono estatal es evidente. En su vereda no hay alcantarillado, ni acueducto; tampoco gas. El agua la obtiene de la lluvia y la recoge en dos tinajas azules. Para consumirla, debe hervirla. La esposa de Pedro, de espaldas en la foto, cocina con la leña que extrae de la propiedad.

Otros cultivos en la finca de Pedro. Crédito: Gerald Bermúdez

Pedro tiene otros cultivos, además de la coca. Bajo un sol que calcina, habló de la n-69, un tipo de semilla de café que sembró y que da sus primeros frutos solo un año y medio después de plantada. Explicó que un solo cultivo de cualquier cosa no da para vivir: ni de café, ni de coca, ni de pimienta, que también tiene sembrada. “Esa cosecha se echó a perder porque nadie compraba”, cuenta. El otro gran problema es el mal estado de las vías que dificulta la salida de los productos.

En la vereda donde Pedro vive no hay cableado eléctrico. Él se las arregló para instalar un pequeño panel solar en el techo de la casa que en las noches permite encender el único televisor y tres bombillos que iluminan el segundo piso. Pedro y su familia llevan su cotidianidad entre las tareas del campo y las amenazas y carencias que los rodean: el covid, las enfermedades propias de la selva donde viven, los grupos armados ilegales que operan en la región y el abandono estatal.

Rosa en entrevista con el equipo. Crédito: Gerald Bermúdez

Rosa* es lideresa social. Horas antes de darnos una entrevista, una persona que se identificó como integrante de un grupo ilegal le advirtió que tenía 12 horas para dejar el Valle del Guamuez si no quería terminar muerta. A pesar de eso decidió atendernos, antes de abandonar su casa y a su familia. “Yo no puedo vivir viendo que están matando gente y no hacer nada. Si a uno le toca dejar la vida, hay que dejarla dignamente”, dijo serena. Sobre la vida de los campesinos del Putumayo dijo que no viven, sino que sobreviven, porque los han fumigado indiscriminadamente desde hace 20 años. Recordó que cuando la estrategia del PNIS se extendió en el departamento “la mayoría de la gente del campo no salió beneficiada y por eso siguieron sembrando coca. De hecho los más beneficiados fueron los del casco urbano, pero la gente del campo se quedó en lo mismo”. 

Putumayo anochecer_Crédito: Gerald Bermúdez.

La última noche que este equipo estuvo en el Valle del Guamuez fue tensa y extrañamente silenciosa. La amenaza a Rosa evidenció cómo persiste la violencia en la región luego del Acuerdo de Paz con otros actores y nuevas dinámicas. “Vea, cuando el gobierno dejó de cumplir con los planes para que los exguerrilleros del Bloque Sur de las FARC que llegaron al ETCR Heiler Mosquera en la Carmelita, Putumayo, pudieran salir adelante, muchos lo abandonaron. Unos buscaron volver a las armas y otros a la lucha política armada y todo el territorio se dividió en varios grupos: los que solo están interesados en el narcotráfico y ponen los precios de la coca en el Valle del Guamuez y en el corredor Puerto Vega-Teteyé son los Comandos de la Frontera. Ellos son el remanente del grupo que se llamaba Nueva Guerrilla de Sinaloa. Al otro lado del río Putumayo, más hacia el río Caquetá, está el Frente Carolina Ramírez. Ellos se consideran como las verdaderas FARC y asumen que los que siguen en el proceso de paz son traidores. Ambos grupos están en guerra sucia porque el Ejército le ayuda a los comandos y por eso hay muchos asesinatos y amenazas a los líderes de la zona. Pero, además, es una guerra muy extraña; casi todos los mandos de ambos grupos en el Putumayo eran compañeros en las FARC. Por eso es una guerra tan difícil de acabar. Ellos se conocen y conocen cada metro del Putumayo”.

Casa Mireya, Putumayo. Crédito: Gerald Bermúdez.

En la primera casa a orilla de la carretera que lleva al corregimiento vive Mireya*. Nunca había sembrado coca, pero en marzo de 2020 plantó su primer cultivo en media hectárea de su finca. “Si todo me sale bien y no me la quitan, está para diciembre”. Calcula que si le va muy bien le puede dejar un millón de pesos. Mireya vive con su hijo mayor de 26 años, quien sufre una discapacidad cognitiva, y sus dos nietas menores de cinco años, para quienes figura como mamá. A su hijo de 12 tuvo que enviarlo fuera de la vereda por seguridad. Con lágrimas en los ojos dijo que no lo quería perder, como perdió a su papá y sus tres hermanos. 

Recuerdos Mireya, Putumayo. Crédito: Gerald Bermúdez.

Mireya lloró cuando habló de ese hijo. Recordó que cuando estaba de vacaciones, le pidió que lo dejara ir a cosechar coca “porque no hay más trabajo”. En 20 días ganó 280 mil pesos. “Me dijo que quería dejar la escuela para irse a sembrar porque eso daba plata. Me rogó que lo dejara cosechar, pero tuve que mandarlo a vivir con el papá porque no quiero que termine sembrando. Prefiero que sea conductor de bus, que termine haciendo cualquier otra cosa”, dijo. “Acá los niños terminan la escuela, y no hay más que hacer, sino sembrar coca”, reconoció con tristeza. Con la pandemia el acceso a la educación empeoró. El DANE señaló que la inasistencia escolar en áreas rurales de Putumayo pasó de 5,8 % en 2019 al 38,2 % en 2020.

La familia de Mireya estaba conformada por sus padres y tres hermanos. Ella era la menor. Solo sobrevivieron su mamá y ella. Contó que a su papá lo mataron las ‘paras’ porque lo acusaron de guerrillero. A uno de sus hermanos lo desaparecieron, a otro lo mataron accidentalmente por dispararle a un hombre que se encontraba con él. “El hombre terminó sobreviviendo y mi hermano murió”. Y al que tenía 23 años también lo asesinaron hace ocho. Sembraba coca. 

“Esta es una tierra de valientes. Acá uno sobrevive”, dijo mientras iba a la cocina por limonada para aliviar el intenso calor.

Mireya se refregó los ojos para quitar las lágrimas y se despidió con una sonrisa desde la puerta. Debe velar por su hijo mayor y sus dos nietas, a quienes traslada en moto hasta la única escuelita que hay en la zona. Es mamá, papá y abuela al tiempo. Es todo para ellos. 

Este video muestra el recorrido desde la casa de Pedro hasta la vía principal. Son unos 20 minutos a pie. En los meses de invierno, por el estado del terreno, no puede ni entrar una moto. A la salida de la finca se observa la maltrecha vía principal levantada sobre filosas piedras que conduce de la vereda al corregimiento principal de El Tigre, por donde pasan las pesadas tractomulas que transportan el crudo.

*Cambiamos su nombre por motivos de seguridad

El Radar verde claro

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