No hay mina que valga un río: memoria y lucha por la defensa del río Mocoa
Texto y fotos: Jacobo Martínez

Nota: Este reportaje hace parte de RUIDO!, una beca de cocreación impulsada por La Liga Contra el Silencio que reunió a periodistas, comunicadorxs comunitarixs y creadorxs de la Amazonía colombiana con editorxs de los medios aliados de La Liga. Durante varios meses, trabajaron juntxs en talleres, mentorías y procesos editoriales colaborativos para fortalecer las narrativas locales y construir relatos de lo posible: historias que parten del territorio, que revelan las luchas y los saberes de sus comunidades, y que apuestan por imaginar futuros sostenibles y colectivos para la Amazonía.
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Es una tarde común del 2009. De la mano del abuelo, salimos por el camino que históricamente ha comunicado las veredas de Pueblo Viejo y Montclar, en Mocoa, departamento del Putumayo, al sur de Colombia. Al otro lado del río, extrañas máquinas me sorprendieron entre un campo verde de caña y selva. Abuelo, ¿cómo las máquinas cruzan el río?
Tuvieron que pasar varios años para que mi mente conectara ese recuerdo y pudiera darme cuenta de que aquella maquinaria, tenía nombre y capital extranjero. Las extrañas piezas, reposaban en un campo abierto a la espera de ser transportadas en helicóptero por la minera canadiense B2gold —que por esos años operaba en la región— hasta las partes más altas de la cordillera Oriental de los Andes, que en este punto dan forma al río Mocoa.


Desde 1973, los inusuales colores de las rocas en las orillas de las quebradas Chapulina y Tosoy fueron los primeros indicadores de la riqueza que guardaban estas montañas. Las aguas a las que históricamente la comunidad ha atribuido propiedades medicinales para los dolores del cuerpo, las mismas que los niños de la época miraban con extrañeza por su ausencia de peces, habrían sido la pista que guió el “descubrimiento” de una de las reservas de cobre y molibdeno más grandes de Latinoamérica.
Diseminado entre los vientres de la cordillera, el reservorio tendría la capacidad de alimentar las grandes industrias del mundo y revolucionar la economía nacional. A mediados de la década de los ochenta, el hallazgo hizo ruido entre los habitantes de las veredas, pero en ese momento, las limitaciones tecnológicas, la compleja geografía de estas montañas, una demanda global ya suplida por la explotación en otros países, y el inicio de una violenta etapa del conflicto armado en Putumayo, frenaron los intentos de explotación.
Pero ¿qué son realmente el cobre y el molibdeno? y qué representa para la industria global? Minerales clave para la transición energética que el mundo tanto aclama, sí, pero ¿qué hay más allá? Sus capacidades de conducción, las altas demandas de producción de tecnología y el desmesurado consumo de nuestras sociedades les han convertido en la nueva moneda de cambio en una disputa global por el control del mercado energético. Según informes técnicos de las mismas empresas mineras, en las montañas del piedemonte andinoamazónico, existe un reservorio base de por lo menos 4,6 billones de libras de cobre y 504 millones de libras de molibdeno. Números difíciles de visualizar, pero tomemos el cobre como ejemplo y hagamos cuentas.
Si todo el cobre de las montañas de Mocoa se transformara en un solo cable, tan fino como el de unos audífonos (0,5 mm), dicho cable alcanzaría una longitud suficiente para dar más de 30 000 vueltas a la Tierra. Sería el equivalente a 1 500 viajes de ida y vuelta a la luna; suficiente para cubrir la distancia entre varios planetas del sistema solar o recorrer por completo la órbita terrestre alrededor del sol. Esto según cálculos propios.
Eso es precisamente el cobre en el mundo moderno, un hilo casi invisible que conecta a los seres humanos con otros seres humanos, con dimensiones tecnológicas antes inimaginables, con sistemas informáticos y con sistemas militares, con la fabricación de miles de millones de celulares o con la fabricación de satélites y radares militares, de vehículos eléctricos y paneles solares, o municiones, misiles y proyectiles de alta precisión, que sostienen hoy los grandes conflictos en el mundo. Se usa en los diminutos puntos de contacto de la cámara que hicieron posible las fotos que están viendo en sus pantallas, pero también, en la delgada capa que permite que el plomo dentro de una bala explote al impactar.
Pero más allá de las industrias, estos elementos —el cobre y el molibdeno— cumplen funciones esenciales dentro de los ecosistemas. Son materiales de alta conectividad, tanto para los entramados industriales como para los entramados biológicos. En la cobertura vegetal, estos minerales participan en la formación de enzimas, en el proceso de fotosíntesis y en el proceso de producción de clorofila; fortalecen raíces y tallos, a la vez que sostienen y contribuyen al equilibrio geoquímico de las montañas y los ríos.
Desde entonces, los intentos por explorar y explotar los minerales han sido múltiples: Ingeominas desde 1980, AngloGold Ashanti en 2004, Mocoa Ventures —vinculada a B2Gold— en 2008, y Libero Cobre (Giant Copper Resources Corp.) en la actualidad. Esas compañías han protagonizado la disputa por este territorio rico en minerales; para la humanidad metales preciosos e industriales; para los ecosistemas micronutrientes que durante milenios han posibilitado la formación y estabilidad de los suelos del piedemonte. Las atribuciones energéticas que hoy les concedemos son apenas una prolongación de su existencia.
Quemar la ciudad: resistencia, agua y geografía
Mocoa, ubicada donde las cordilleras se inclinan hasta desvanecerse en las llanuras amazónicas, fue el primer centro poblado colonial fundado en la Amazonía colombiana. Pero el caserío ardió en llamas una y otra vez y fue obligado a moverse varias veces antes de encontrar su asentamiento actual.

Desde 1557, las misiones coloniales españolas intentaron fundar, en las inmediaciones de la vereda Pueblo Viejo y Montclar, lo que hoy se conoce como la ciudad de Mocoa. Entrelazada por grandes ríos como el Mocoa y Caquetá, la ciudad fue concebida como la puerta de entrada al gran bioma amazónico, pero el fuego seguía azotando su fundación. Aunque existen múltiples versiones intentan explicar los incendios, hoy son mejor comprendidas como actos defensa territorial de la cuenca alta del río Mocoa por parte de las comunidades de la época frente a la ocupación y la explotación colonial.
Es ahí, en las inmediaciones de la vereda Pueblo Viejo y Montclar, donde hace siglos la ciudad fue reducida a cenizas, donde actualmente se disputa una de las luchas territoriales más álgidas frente a los modelos de desarrollo global.
Antes de que la vereda Montclar —donde actualmente se encuentra el título minero FJ-141, listo para explotación— se llamara así, en honor a un monje capuchino, antes de que el subsuelo perteneciera al Estado, o antes de que cualquier título minero se declarará sobre la tierra, las comunidades ya habían plantado sus huellas en estos territorios. Antes que los jesuitas, antes que los franciscanos, antes que los dominicos o los capuchinos; mucho antes de cualquier vicariato, los Mocoas, Andaquíes, Ingas, Camentsa, Murui, Tikuna y Coreguaje ya recorrían estos caminos.
Hace 500 años, pueblos indígenas quemaron caseríos enteros en resistencia a la colonización. A finales de los ochenta, las comunidades campesinas escondieron llaves de maquinaria y “robaron” los pedacitos de oro y cobre que salían de las montañas. A finales del 2010, los líderes comunales se mantuvieron firmes en la clama de “No al diálogo con empresas mineras” y, recientemente, desde el 24 de marzo de 2025, las comunidades campesinas aledañas al proyecto minero pasaron 47 días en manifestación pacífica y permanente para impedir el paso de obreros y maquinaria hacia lo alto de la montaña.
Aunque la ciudad actual nació de un proyecto colonial, asimismo surgieron sus resistencias. Primero con la quina, el caucho, las pieles y las maderas, después con la coca y el petróleo que cruzaron sus caminos para llegar a las vastas llanuras amazónicas. Hoy, las ansias del cobre y el molibdeno que habita sus entrañas.
No todo lo que brilla es cobre
Juntas, Pueblo Viejo y Montclar, son de las últimas veredas que gozan de las aguas menos contaminadas del río Mocoa. Son poblaciones mayoritariamente campesinas que han alimentado a generaciones enteras del cultivo y procesamiento de panela. Sus habitantes crecieron a la orilla del río y junto a él aún guardan sus mejores momentos de infancia.
Antes de que el mundo se paralizara en una pandemia global, a las juntas de acción comunal de las veredas Pueblo Viejo y Montclar llegó un oficio formal. Firmado por Libero Cobre Ltda, el 5 de febrero de 2020, el oficio tenía el objeto de informar los posibles beneficios que el comienzo de las actividades exploratorias de minería podría tener para la comunidad.

Aunque en 2018, una masiva movilización social exigió el cumplimiento del Acuerdo Municipal 020 de ese mismo año, que prohibía las actividades mineras de gran y mediana escala en el municipio, Libero Cobre se abrió paso entre los habitantes, ofreciendo empleos y salarios que las economías locales difícilmente podían igualar. Pronto, jóvenes y mayores de ambas veredas comenzaron a vestir el overol y a internarse durante días en las montañas para apoyar los trabajos de montaje de las plataformas de perforación.
Yo seguía recorriendo las calles Pueblo Viejo y preguntando entre vecinos cómo fue que llegó la empresa y entró tan rápido a la comunidad. Todos coincidían en algo, hicieron muchas reuniones, preguntaron por hojas de vida, ofrecieron trabajo, dieron útiles escolares, maletas y regalos, pero un comentario resaltó entre todos
“Aquí no nos consultaron nada, solo llegaron a contarnos cómo lo iban a hacer y que eso tendría beneficios para la comunidad”.
En adelante, la empresa fue permeando espacios cotidianos de la comunidad hasta llegar a convertirse en un actor clave en la toma de decisiones. A las afueras de las casas se veían colgados uniformes y la empresa tenía acceso a la escuela pública rural de la vereda, a las fiestas y celebraciones. Los eventos en las navidades y fines de año tenían logos y pendones de la empresa, directa o indirectamente siempre estaban ahí. Así lo narra un habitante:
”Para el cumpleaños 461 de la vereda la gente estaba contenta pues prometieron orquesta, lechona, trago y baile hasta el amanecer”.
En efecto, varios habitantes confirman que la empresa cumplió con su cuota para la festividad, al salón comunal llegaron cajas enteras de aguardiente, había tarima y orquestas. Lo que no se esperaba era que esa misma mañana del sábado 21 de septiembre de 2024, día del festejo, la vereda amanecería llena de carteles en rechazo al proyecto minero. Varias familias empezaron a expresar su descontento con carteles pegados en las puertas, cercas y ventanas de cada casa, los carteles decían: «Pueblo Viejo Territorio de vida”, «La sed del cobre nos dejará sin agua”, «Cobre para hoy, hambre para mañana” .
Una de las líderes de la iniciativa narró cómo esa mañana el antiguo presidente de la JAC, quien representaba la relación con la empresa, llegó disgustado y arrancó varios de estos carteles. “Nosotros no pensamos que unos carteles con mensajes sobre la naturaleza y el agua fueran a hacer tanto ruido”, recordaba.
Desde ese momento, Pueblo Viejo se viste de carteles en cada ocasión especial, cada domingo, cuando la gente visita sus almorzaderos con vista al río, o cuando la empresa pasa con delegaciones completas de ingenieros.
Pero mientras las expresiones de rechazo crecían dentro de la vereda Pueblo Viejo, la empresa siguió su proyecto de la mano de la vereda Montclar. Estas dos veredas, que históricamente habían sido territorios hermanos, empezaron a vivir tensiones.
El antiguo puente colgante de madera, construido en minga comunitaria entre las dos veredas, en algún momento símbolo de su hermandad, fue derribado por la empresa para construir un puente de hierro, cuya imagen hoy denota la tensión. Ese símbolo de unión entre las veredas se convirtió en un lugar de disputa custodiado en ambas orillas por la empresa.



Así, el espacio de ambas veredas se empezó a transformar: a Pueblo Viejo murales y muralistas la llenaron de color, a la comunidad volvieron las ollas comunitarias y las mingas de siembra, mientras que en Montclar las quebradas crecían dejando más estragos, la infraestructura cada vez más tenía más hierro y cada vez más se veía más basura.
El día a día de la gente también empezó a cambiar. Los pocos cultivos de caña restantes empezaron a amarillear, en las moliendas hacían falta los jóvenes y los mayores dejaron de trabajar la tierra para ponerse el overol. Aunque parecidos en color, al cobre y a la panela los separan décadas. La caña fue una realidad cuando el cobre era solo una ilusión. Familias enteras crecieron mascando caña de sus pequeños cultivos y tomando guarapo; nunca han bebido bentonita (arcilla volcánica que actúa como aditivo para facilitar la remoción de detritos en las perforaciones), ni han mascado cobre.
No hay mina que valga un río
Los taladros, capaces de perforar vertical y horizontalmente con brocas de diamante y agua inyectada a presión, comienzan a perforar los suelos del piedemonte andinoamazónico. Del proceso de exploración se extraen pequeños núcleos de montaña en forma cilíndrica, provenientes de distintas profundidades. Por lo menos tres horas de camino y el paso por varias zonas de deslizamientos activos son necesarias para llegar hasta las plataformas de perforación de la empresa.

Concluido el sondeo, los orificios son sellados con cemento que varias mulas cargan por el empinado camino que conduce hacia las plataformas de perforación. Uno de los antiguos trabajadores de la empresa, recuerda que alrededor de 80 vueltos de cemento fueron necesarios para rellenar uno de los primeros orificios —de aproximadamente 1200 metros de profundidad— resultado de esta nueva etapa de exploración. «¿Por qué el cemento?», pregunté.
«Si el hueco se deja abierto, se llena de agua y queda un terreno aún más propenso a deslizamientos. En el fondo ellos -la empresa- también lo saben, yo salí de trabajar cuando me di cuenta de eso».
Las perforaciones tienen como objetivo definir las zonas con mayor concentración de cobre y molibdeno, que permitan la rentabilidad y expansión del proyecto minero. Según la compañía Kluane Drilling, fabricante de los taladros, también canadiense, las máquinas tienen la capacidad de realizar perforaciones verticales y longitudinales de hasta 1 230 metros de profundidad. Para ello, se utilizan equipos de última tecnología, como taladros tipo KD-1000, que a pesar de su novedad siguen funcionando a base de diésel y necesitan grandes cantidades de agua para la refrigeración y expulsión de residuos.
Aunque la empresa se esfuerza por mantener el discurso de la exploración, la investigadora en geografía de la red de mujeres Guardianas del Agua del Putumayo, Juliana Rincón, explica:
“Cuando se hace una perforación como estas, se induce a un desequilibrio físico-químico en la composición de la montaña. Que entren el oxígeno y el agua al fondo desencadena reacciones que aceleran procesos de oxidación, fragmentación y acidificación de los suelos, que luego son transportados por la lluvia hasta ríos y quebradas”.
A pesar de ello, la legislación colombiana ofrece escasa regulación para las fases de exploración, sin considerar las particularidades de ecosistemas sensibles como el piedemonte andinoamazónico que cuida y distribuye el agua de las grandes cuencas de la Amazonía. Esa misma agua después recorrerá varios pueblos y por lo menos tres países más en su paso por el río Amazonas hasta llegar al océano Atlántico.
En contraste, la empresa posee concesiones sobre al menos 136 425 hectáreas ubicadas entre los ecosistemas amazónicos de la Baja Bota Caucana y el Putumayo. Actualmente, Libero Cobre cuenta con cuatro títulos mineros activos y tiene 33 solicitudes adicionales en trámite, todas concentradas en el piedemonte andinoamazónico. Estos cuatro títulos abarcan unas 7 830 hectáreas, que se superponen con zonas de reserva ambiental, páramos y resguardos indígenas, territorios donde se concentra la mayor riqueza mineral y a los que la empresa necesita acceder para garantizar la rentabilidad del proyecto minero en el futuro.


La magnitud del área, que sobrepasa la extensión de varios países de la Unión Europea, responde precisamente a la presencia de un depósito tipo pórfido, una formación en la que el cobre y el molibdeno están diseminados por todo el cuerpo de la montaña. No existe una veta única, sino una dispersión microscópica del mineral que obliga a remover y triturar grandes volúmenes de roca para obtener una cantidad mínima del mineral. Según los estudios preliminares publicados por la empresa en 2022, en el caso de Mocoa, la concentración base estimada es de apenas 0,33 % de cobre y 0,036 % de molibdeno, lo que implica que de cada tonelada de roca triturada podrían extraerse apenas 3,3 kilos de cobre y 0,36 kg de molibdeno. “Lo que les interesa no es una roca, sino toda la montaña”, dice el geólogo del territorio, Mario Jamioy, y explica:
“El material restante de la explotación se conoce como material estéril. Esa palabra es fuerte porque es material que, a los ojos de la empresa, no sirve, pero está lleno de otros minerales que enriquecen el componente biótico de los suelos. Se aprovecha una porción mínima; el resto se convierte en desecho”.
Esa misma proporción muestra las grandes cantidades de sedimento que tendrían que ser removidas de la montaña para extraer cantidades mínimas de minerales con valor comercial. Esto nos conecta a entender las posibles afecciones a los cuerpos de agua que rodean los títulos. Respecto a ello, Mario Jamioy cuenta:
“Probablemente hoy no se genere una contaminación al agua con respecto a los químicos, lo que sí es preocupante es que la cantidad de sedimentos se incrementa en el agua. Entonces, si la cantidad de sedimentos aumenta en los cuerpos de agua, pues la disponibilidad de agua disminuye”.
Aunque, la imagen de suelos removidos sigue evocando en la memoria de muchos habitantes la avalancha de 2017, cuando más de 330 personas perdieron la vida, la empresa sigue insistiendo en llevar a cabo un ambicioso programa de perforación geológica en una zona altamente inestable. A ello se suma la fuerte acidificación del agua evidenciada en los informes recientes del Servicio Geológico Colombiano, producto de los sulfatos liberados por los derrumbes del núcleo de la montaña en la zona intervenida. Estos minerales, que quedarían aún más expuestos durante una eventual fase de explotación, podrían acelerar significativamente el proceso natural de acidificación de las aguas.
Carpa de la Resistencia
Son las cinco de la tarde del 4 de abril de 2025. Debajo de un plástico de 8×8 metros, levantado sobre una de las casas vecinas de Pueblo Viejo, la comunidad escucha atenta. La empresa había ofrecido 60 bultos de cemento, mallas electrosoldadas y hierro, para que la misma comunidad repare la vía de acceso dañada por el paso constante de sus camionetas y cargas. La contrapartida, que se levante la manifestación que impedía el paso de sus trabajadores.



Al fondo, una voz irrumpe con fuerza: “Van a vender la tierra por chichiguas? Si es para conciliar con esa empresa, yo me voy de aquí”. Bastó una sola voz de resistencia sentida para que el carácter de la manifestación tomará aún más fuerza. En adelante, la movilización que empezó con un ánimo conciliatorio se convirtió en la piedra en el zapato de los discursos de sostenibilidad y minería verde de los que tanto se ha jactado la empresa.
La empresa respondió con tutelas y amenazas, siempre a nombre de terceros, pero la movilización creció. Delegaciones de líderes y lideresas, autoridades y wasikamas (guardias) llegaron de todas las regiones del departamento, desde el Valle de Sibundoy, con la fuerza y armonía de los páramos y cordilleras; de las orillas de los ríos Caquetá y Putumayo, con la fuerza de las aguas cuando se juntan. “Atendimos un llamado que hace rato estábamos esperando”, recuerda un abuelo del pueblo Murui que viajó varias horas por río y carretera para llegar hasta Pueblo Viejo y la tan sonada Carpa de la Resistencia.


Muchos llegaron, pero muchos también se fueron al conocer que la primera petición del proceso era que la empresa se retirara por completo y definitivamente del territorio. A mi lado, una mujer mayor seguía sentada con calma mientras varios se retiraron renegando la “radicalización”. “Y usted se quedó”, dije. “Mijo, yo aprendí a nadar en ese río, ¿cómo no voy a defenderlo?”, me respondió. Desde entonces, mujeres, mayores y jóvenes de la comunidad se unieron con más fuerza, volvieron las ollas comunitarias y las mingas para arreglar los espacios de la vereda. Una sola premisa, tan sencilla pero tan clara puede resumir el sentir de todo una comunidad. ”No hay cobre que pueda valer, lo que vale un río” .
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